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Discurso pronunciado por el Presidente Federal, Christian Wulff, con motivo del vigésimo aniversario de la Unidad Alemana

Bundespräsident Christian Wulff am Rednerpult Bremen, 3. Oktober 2010 © Jesco Denzel

"Apreciar la diversidad, promover la cohesión"

Hoy celebramos lo que logramos hace veinte años: unidad, justicia y libertad para nuestra patria alemana. Conmemoramos aquella histórica jornada, una de esas efemérides que un pueblo solo vive en contadas ocasiones. En el día de hoy pienso en las imágenes que llegaban de Berlín, en la noche del 2 al 3 de octubre. Pienso en las personas que se congregaron ante el edificio del Reichstag. Pienso en la expectación reinante al filo de la medianoche. En el repique de la campana de la libertad. En el izado de la bandera de la unidad. En el Himno Nacional. En el sentimiento de júbilo. En las lágrimas. En la comunión palpable en ese histórico instante de nuestra historia. Transcurridos veinte años, me embarga una vez más un sentimiento de enorme gratitud por ello.

Desde hace veinte años somos de nuevo “Alemania, patria unida”. Pero ¿qué significa realmente “patria unida”? ¿Qué nos mantiene unidos? ¿Cómo hemos convergido, pese a todas las dificultades?

Una primera respuesta cae de su peso: Es la memoria de nuestra historia común. A ella pertenece el recordar a cuantos hicieron posible la unidad. A las y los activistas de derechos civiles que resistieron a pie firme contra la dictadura. Bärbel Bohley, recientemente fallecida, fue una de ellas. A través de su ejemplo demostró lo que el coraje es capaz de impulsar, contagiando de su ánimo a otras muchas personas. “No había nada que nos pareciera demasiado grande como para no ponernos manos a la obra ni nada que nos pareciera demasiado pequeño como para dejarlo de lado”, es una frase muy propia de ella. Me sigue emocionando hasta el día de hoy. Y me inclino hoy aquí ante Bärbel Bohley y ante cuantos lucharon por la libertad.

Nuestras Iglesias proporcionaron cobijo a ese naciente afán de libertad. Mucha gente sentía que las cosas tenían que cambiar. Pero el sentimiento por sí solo no puede cambiar nada. Soy yo quien tiene que cambiar las cosas. Y fue así como comenzó todo, con las vigilias de oración y las manifestaciones de los lunes. Al principio acudió poca gente, más adelante las calles se fueron poblando de valientes, en toda Alemania oriental. Así se obró el “milagro de Leipzig”. Por su ímpetu y su desarrollo pacífico fue realmente un milagro, un punto de inflexión. Logrado por personas. Personas que se sacudieron el yugo de la dictadura por sí mismas, sin derramamiento de sangre. El ansia de libertad siempre estuvo ahí, inquebrantable. Pero ahora había llegado el momento. Lo que en 1953 aplastaron los tanques nada lo pudo detener en 1989. Esta es la auténtica conquista histórica de la ciudadanía. Su coraje impresionó al mundo entero.

La unificación alemana es inconcebible sin el movimiento de liberación europeo. Sin los trabajadores polacos, respaldados por el Papa polaco, Juan Pablo II, quien en una homilía pronunciada en su país dijo “No temáis”. Solidarnosc fue conquistando palmo a palmo su libertad y, con ello, a la postre, también la nuestra. Lo digo con especial satisfacción aquí en Bremen, ciudad hermanada con Gdansk. La unidad tampoco hubiera sido posible sin Mijaíl Gorbachov, quien al hilo de la glasnost y la perestroika renunció a la pretensión hegemónica de la Unión Soviética, abriendo paso a la autodeterminación en Alemania. No hubiera sido posible sin el Gobierno húngaro, que fue el primero en abrir la frontera. Rusos, polacos y húngaros brindaron una inestimable ayuda, y lo hicieron en verdad como amigos, aunque en el fondo no pudiéramos esperar de su parte que llegara como llegó, si se piensa en la primera mitad del siglo pasado.

Recordamos aquellos meses durante los cuales representantes de la Asamblea Popular y del Bundestag pugnaron por todos los pequeños pasos que desembocarían en la unidad alemana. Lo que se consumó el 3 de octubre de 1990 fue un logro sin parangón de los políticos y las administraciones de ambas partes del país.

Hubo sus miedos y sus reticencias. Sobre todo en el extranjero muchos se preguntaron si las cosas saldrían bien si le volvían a ir bien a Alemania. Quién se lo iba a afear, tras los descarríos, horrores y desastres que partieron de Alemania en la primera mitad del siglo XX.

Clarividentes estadistas ayudaron a superar los miedos y las reticencias: Helmut Kohl y Hans-Dietrich Genscher codo con codo con Lothar de Maizière. Los precursores habían sido Konrad Adenauer, Willy Brandt y Helmut Schmidt. Ellos fortalecieron permanentemente la confianza en nuestro país, en nuestro pueblo. Sin esa confianza la reunificación no habría sido posible tal como lo fue. Constituyó esto un gran logro de los políticos y de la diplomacia de las últimas décadas. La reunificación tampoco se habría materializado como lo hizo sin el concurso de nuestros amigos de la Alianza Atlántica, que habían garantizado la libertad de la República Federal y de Berlín-Oeste a lo largo de cuarenta años. El apoyo de George Bush senior a la unificación permanecerá imborrable en nuestra memoria. Estamos inmensamente agradecidos por todo ello.

Alemania como un todo pasó a ser miembro de pleno de derecho de la comunidad internacional. Estamos rodeados de amigos. Qué gran fortuna, para nuestro país y para todos los habitantes de Europa.

Dos Estados se convirtieron en uno. Ello no estuvo exento de problemas. Pero hubo muchísima solidaridad. Los alemanes occidentales se volcaron en el este y por el este, con sus conocimientos, su espíritu emprendedor y su experiencia política. Pero fueron los alemanes orientales quienes cargaron con la mayor parte del peso del proceso de cambio para que nuestro país volviera a reencontrarse y aglutinarse. En cierto modo tuvieron que reiniciar su vida, tuvieron que reordenar su mundo cotidiano, aprovechar oportunidades. Y, en efecto, lo hicieron. Con una formidable voluntad de cambio. Hasta el día de hoy esto no se ha valorado lo suficiente.

Muchos pudieron por fin ver realizadas sus esperanzas; pudieron viajar a dónde les pluguiera, estudiar o leer lo que les apeteciera, debatir lo que quisieran con quien quisieran, decidirse libremente por una profesión o independizarse con sus propios proyectos. Otros lucharon durante años por recomenzar sus vidas. Algunos, hasta el día de hoy.

No cabe duda de que también se perdieron cosas que merecía la pena conservar. Pero se ganó algo de inestimable valor: la experiencia de las personas de que con su coraje para afrontar los cambios podían vivir sus propias vidas en libertad. Con ello añadieron un importante capítulo a nuestra historia patria. Con ello hicieron de Alemania en su conjunto una Alemania distinta. Con ello ejemplarizaron cómo han de superarse los retos transformadores, tanto para la felicidad personal como para la comunión y cohesión de todos nosotros.

Llegamos así a la segunda respuesta a nuestra pregunta: ¿Alemania, patria unida? ¿Qué significa eso hoy en día? Transcurridos veinte años desde la Unidad nos enfrentamos a la gran tarea de renovar nuestro valor para cambiar, renovar nuestra comunión y cohesión en un mundo inmerso en un vertiginoso proceso de transformación. Porque en este mundo apelar a las viejas certezas naturalmente que es popular pero a menudo resulta engañoso.

Nuestro país es hoy más abierto, más receptivo al mundo, más diverso, y muy distinto. La vida cotidiana y los proyectos de vida han cambiado. De todos son conocidas las causas: competencia internacional, rutas comerciales globales, nuevas tecnologías, comunicación sin fronteras, entrada de inmigrantes, cambio demográfico y, sí, también eso, nuevas amenazas exteriores. En nuestro país los mundos vitales más bien se disocian y dispersan: los de los mayores y de los jóvenes; los de quienes tienen ingresos muy elevados y quienes viven con lo mínimo; los de las personas que tienen un trabajo seguro y las que no lo tienen, los del pueblo y los representantes del pueblo, los de personas de distintas culturas y credos.

Ciertas diferencias despiertan temores; no debemos negarlos. Con todo, no se puede repetir lo suficiente: Un país liberal como el nuestro se nutre de su diversidad, se nutre de los distintos proyectos vitales, se nutre de la receptividad hacia las nuevas ideas. De lo contrario no puede subsistir. Una excesiva igualdad ahoga el propio esfuerzo y a la postre solo es alcanzable a costa de la falta de libertad. Nuestro país tiene que ser capaz de asimilar la diversidad. Es más, tiene que quererla. Sin embargo, las diferencias excesivas ponen en riesgo la cohesión.

El apreciar la diversidad, el cerrar las fracturas en nuestra sociedad pone a salvo de quimeras, genera auténtica cohesión. Esa es la misión de la “Unidad Alemana” hoy en día.

En 1989 los alemanes orientales gritaron “¡Nosotros somos el pueblo, somos un solo pueblo!” Eso despertó el sentimiento nacional, largo tiempo sepultado –por obvias razones históricas–. Entre tanto ha surgido en toda Alemania una nueva autoconciencia, un patriotismo desinhibido, una adhesión abierta a nuestro país, que, conocedor de su gran responsabilidad por mor de su pasado, se afana en forjar su futuro. Esa auto-conciencia, en toda la extensión de la palabra, nos hace bien. Y le hace bien a nuestra relación con los demás: por cuanto quien quiere y respeta a su país está más capacitado para ir al encuentro del otro.

“¡Somos un solo pueblo!” Este grito de unidad tiene que ser hoy una invitación a cuantos viven en nuestro país. Una invitación que no se basa en una discrecionalidad insustancial sino en valores que han hecho fuerte a nuestro país. Con un “nosotros” entendido en ese sentido la cohesión será un hecho –entre quienes viven aquí desde hace poco y quienes están arraigados desde hace tanto que han olvidado que quizás también sus antepasados llegaron de fuera–.

Cuando una musulmana o un musulmán alemanes me escriben diciendo “Usted es nuestro Presidente”, yo les contesto de todo corazón: Sí, por supuesto que soy su Presidente. Y lo hago con la pasión y la convicción con que soy Presidente de todos cuantos viven en Alemania.

Me alegré de la carta abierta que me envió un grupo de escolares con raíces familiares en setenta países distintos. Todos ellos son becarios de una fundación que apoya a jóvenes comprometidos en Alemania. Escribían lo siguiente: “Para nosotros no tiene importancia de dónde viene alguien sino más que nada adónde quiere ir. Creemos que juntos encontraremos nuestro camino. Queremos vivir aquí, porque nosotros somos Alemania.”

Por supuesto que tiene importancia de dónde viene alguien. Sería una lástima que no fuera así. Pero el mensaje fundamental de esta exhortación es: ¡Nosotros somos Alemania!

Nosotros somos Alemania. Sí: Somos un pueblo. Porque esas personas con raíces extranjeras me importan, no quiero que se vean heridas en sus sentimientos en el transcurso de debates que, en sí, son necesarios. No debemos permitir que surjan leyendas ni que se cimienten prejuicios ni exclusiones. No debemos hacerlo por nuestro propio interés nacional.

Por cuanto el futuro –estoy firmemente convencido de ello– pertenece a las naciones que se muestran abiertas a la diversidad cultural, a las nuevas ideas y al debate con los desconocidos y con lo desconocido. Siendo un país con relaciones internacionales muy amplias, Alemania ha de mostrarse abierta a quienes nos llegan de todas las partes del mundo. Alemania necesita a esas personas. En la competencia internacional por la excelencia tenemos que atraer a los mejores y ser atractivos para que los mejores se queden entre nosotros. Les pido encarecidamente a todos lo siguiente: No nos dejemos arrastrar a una falsa confrontación. Hace ya diez años Johannes Rau nos exhortó a todos muy juiciosa y pensativamente a convivir en Alemania “sin miedo y sin ensoñaciones”.

Desde luego hace tiempo que nos desembarazamos de tres mentiras vitales. Reconocimos que los trabajadores emigrantes no venían solo por un tiempo sino que se quedaban. Reconocimos que la inmigración es un hecho, aunque durante mucho tiempo no nos definiéramos como un país de inmigración y no reguláramos la inmigración con arreglo a nuestros intereses como país. Y también reconocimos que las ilusiones multiculturalistas indefectiblemente han subestimado los retos y problemas: la dependencia indefinida de las ayudas del Estado, las tasas de delincuencia y las actitudes machistas, la deserción escolar y laboral. He leído los cientos de cartas y correos electrónicos que me han enviado en relación con este tema. Me tomo muy a pecho las preocupaciones y temores de las ciudadanas y los ciudadanos, como también se los toma en serio, de forma perceptible y con toda razón, la política.

No obstante, hemos avanzado más de lo que deja entrever el actual debate. Hace tiempo que hay consenso sobre la necesidad de aprender alemán cuando se vive en Alemania. Existe consenso en que en Alemania deben regir el derecho y la ley alemanes. Para todos, puesto que somos un solo pueblo.

Son cientos de miles las personas que día tras día trabajan por mejorar la integración. Muchos –por ejemplo, los guías de integración– lo hacen de forma voluntaria, altruista y sin percibir retribución alguna. Nuestros municipios y los Länder realizan una labor importante cuando la política y los ciudadanos aúnan esfuerzos. Todos juntos deben tejer la urdimbre que mantiene unida a nuestra sociedad en toda su diversidad y pese a cualesquiera tensiones.

Aunque hayamos avanzado más de lo que deja entrever el actual debate, parece evidente que no hemos llegado lo suficientemente lejos. Sí, llevamos retraso en algunos aspectos, como por ejemplo en los cursos de integración y de idioma para toda la familia, los cursos en lenguas maternas, la clase de religión islámica para profesores formados en Alemania y, por supuesto, en alemán. Y sí, también tenemos que ser mucho más consecuentes a la hora de imponer reglas y obligaciones, como en el caso de los alumnos que no acuden a clase. Todo ello, dicho sea de paso, es aplicable a todas las personas que viven en nuestro país.

Pero en primer lugar necesitamos posicionarnos claramente. Una concepción de Alemania que no restrinja la pertenencia a un pasaporte, a una historia familiar o a un credo, sino que se plantee de manera más amplia. No cabe duda de que el cristianismo forma parte de Alemania. No cabe duda de que el judaísmo forma parte de Alemania. Es nuestra historia judeo-cristiana. Pero entre tanto el Islam también forma parte de Alemania. Hace casi 200 años así lo expresaba Johann Wolfgang von Goethe en su “Diván de Oriente y Occidente”:

“Quien se conoce a sí mismo y a los otros, también reconocerá
aquí, Oriente y Occidente, ya no pueden ser separados.”

¿Cómo lo expresaron los estudiantes? Lo importante es saber adónde se quiere ir. Ellos creen que encontraremos un camino común. Pero para que exista un camino común también es necesario que haya consenso sobre el objetivo común.

A continuación paso a abordar la tercera respuesta a nuestra pregunta inicial. “Alemania, patria unida” significa respetar y salvaguardar nuestra Constitución y los valores consagrados en ella. En primer lugar la dignidad de todo ser humano, pero tambien la libertad de opinión, la libertad de creencia y de conciencia, la igualdad de derechos de las mujeres y los hombres. Atenerse a nuestras reglas comunes y aceptar nuestra manera de vivir. Quien no haga eso, quien menosprecie nuestro país y sus valores, deberá contar con la respuesta decidida de todos, siendo esto aplicable tanto a fundamentalistas como a extremistas de derecha o de izquierda.

Con pleno derecho esperamos que cada cual contribuya a nuestra comunidad en la medida de sus capacidades. No cerramos los ojos ante aquellos que abusan de nuestra conciencia pública. “Nuestro Estado social no es una tienda de autoservicio donde no hay obligación de contraprestación”, de esta forma tan sencilla y tan acertada lo expresa Kirsten Heisig, jueza berlinesa de menores. Y añade en su libro: “Si los ciudadanos son mantenidos por el Estado, la comunidad puede esperar que, como mínimo, los niños sean enviados al colegio para que tomen otro camino y en el futuro sean independientes.”

Respetamos a toda aquella persona que de algún modo contribuye a nuestro país y su cultura. Tenemos a la mujer médico, al profesor de alemán, al taxista, a la presentadora de televisión, al frutero, al jugador de fútbol, al director de cine, a la ministra y muchos otros ejemplos de éxito de integración. Sin embargo, los celebramos con muy poca frecuencia.

Podemos estar orgullosos de nuestros logros culturales, científicos y económicos. Sobre todo podemos estar orgullosos del ambiente social que existe en nuestro país, de la tolerancia, la capacidad de compromiso y la solidaridad. Esto, por otro lado, también nos ha ayudado durante la crisis económica. Los sindicalistas, los empresarios y los trabajadores, todos ellos han demostrado la fortaleza para buscar el equilibrio, para negociar, para encontrar soluciones imaginativas, la fortaleza para mantener la cohesión, la fortaleza para alcanzar el consenso: eso es Alemania.

Sólo es posible lograr una nueva cohesión social si los más fuertes no se desentienden ni se margina a los más débiles. Si todos son llamados a asumir su responsabilidad y todos pueden ser responsables.

Quien busque trabajo en vano durante mucho tiempo, quien alterne de un trabajo inseguro a otro, quien se sienta innecesario y se vea sin perspectiva, lógicamente se distanciará decepcionado de esta sociedad.

Quien forme parte de la élite, de los responsables y tomadores de decisiones y, por su parte, se retire a su elevado mundo paralelo, también estará volviendo la espalda a esta sociedad. Por desgracia eso fue exactamente lo que sucedió durante la crisis financiera. Nadie debería olvidar lo que también debe a la suerte de su nacimiento y a nuestro país, y debería entender que es su obligación devolver algo a nuestra comunidad.

Las cada vez más numerosas personas mayores aportan muchas cosas buenas. Son muchos los que desean trabajar en su campo después de haber cumplido la edad de jubilación, pero con menos horas. Debemos hacerlo posible. Otros trabajan a título honorífico, aportan sus conocimientos y su experiencia, ¿por qué no incluso en un año social voluntario para mayores?

¿Cómo es una sociedad en la que nadie se siente superfluo y que no hace a nadie superfluo? ¿Cómo se puede integrar a aquellas personas que llevan muchos años sin empleo? ¿Cómo pueden participar aquellas personas a las que debido a una discapacidad aún hoy no se les ofrecen las mismas oportunidades que a otras?

La mejor forma de reforzar la cohesión consiste en confiar en los demás y creerles capaces de hacer algo. Las personas pueden conseguir tanto cuando alguien cree en ellas y las apoya. Esto mismo también yo lo he experimentado más de una vez. En la guardería de nuestro hijo, en la que cuidan conjuntamente a niños con y sin discapacidad, hay un niño pequeño, a cuyos padres les dijeron que debido a su discapacidad no aprendería más que a gatear. Hoy, con tres años, ya sabe andar. Gracias a los nuevos programas de pedagogía preescolar terapéutica, porque los padres y los educadores lo han apoyado y han confiado en sus capacidades y porque ha podido aprender de otros niños.

Debemos empezar por los niños. Del mismo modo en que un día muchos creyeron en la unidad aunque estuviera muy lejos, debemos marcarnos objetivos que parecen lejanos pero son alcanzables. Ya no debe enviarse a ningún niño al colegio que no posea buenos conocimientos de alemán. Ningún niño debe abandonar el colegio sin graduado escolar. Ningún niño debe carecer de oportunidad laboral. Estamos hablando de nuestros niños y jóvenes. Son lo más preciado que tenemos, considerando en particular el cambio demográfico que se registra en nuestra sociedad.

Algunas cosas no cuestan ni un céntimo, sólo tiempo y dedicación: hacer actividades con un niño –no sólo con el hijo propio–, leerle algo, escucharlo. Necesitamos a padres que les digan a sus hijos: esforzaos. Necesitamos los elogios y el apoyo de los profesores y profesoras que digan: no cejamos en nuestro empeño de alentar y encaminar a todos y cada uno de los niños. Necesitamos a más empresarios y empresarias que digan: brindamos una oportunidad a las muchas personas que la merecen –ya se llamen Schulze o Yilmaz, tengan hijos o no, parezcan demasiado jóvenes o demasiado mayores.

Las muchas personas que pese a las adversidades han tenido un buen futuro se lo deben a quienes les han ayudado en el momento oportuno, sencillamente porque sí. Yo mismo he tenido profesores y vecinos que me han ayudado cuando mi madre enfermó, sencillamente porque sí. El fundador de Aldeas Infantiles SOS, Hermann Gmeiner, lo expresaba con estas palabras: “Las cosas grandes de nuestro mundo suceden porque hay alguien que hace más de lo que cabe esperar.”

“Nosotros somos el pueblo”: con estas cuatro palabras gentes solidarizadas se llevaron por delante todo un régimen. Los que pronunciaron estas palabras superaron el sentimiento de impotencia, se declararon competentes y asumieron responsabilidades. Nuestros hijos deberían comprender nuestra historia y el valor incalculable de la libertad, la responsabilidad y la justicia en este sentido.

Deben saber lo importante que es abordar las tareas del futuro junto con otros. Sin rechazar los miedos ante lo desconocido, lo nuevo y la competencia, sino enfrentándose al futuro con mayor arrojo y valentía, pues el miedo, como todos sabemos, es un mal consejero.

Con la Unión Europea hemos creado un excelente modelo de cómo puede funcionar la cooperación. Me llena de satisfacción que aquí haya un gran número de representantes de Europa. “Unida en la diversidad” es, con razón, el lema europeo con el que hemos creado una integración de naciones sin parangón. Muestra a todo el mundo que nosotros, los europeos, hemos aprendido de la dolorosa historia. Las cuestiones globales apremiantes, como la protección del clima, la lucha contra la pobreza, la lucha contra el terrorismo y la reordenación de los mercados financieros, las abordaremos los europeos conjuntamente. El mundo está cambiando. Los países en auge están ocupando los lugares que les corresponden, ya sea Indonesia, Brasil, China, Rusia o la India. Los europeos debemos colaborar ahora en un orden mundial en el que aún nos sigamos sintiendo cómodos cuando nuestro peso relativo disminuya. Últimamente se escuchan muchas críticas hacia Europa. Pero yo no dejaré de apostar por Europa, ya que Europa es nuestro futuro y los alemanes deberíamos seguir siendo el motor europeo.

El 3 de octubre de 1990, en un día como hoy hace 20 años, una esperanza se hizo realidad para nuestro país. Al mismo tiempo, aquel 3 de octubre se nos presentó una ocasión única para volver a empezar. Hemos aprovechado convincentemente esa oportunidad. Estemos todos orgullosos –no sólo hoy– de lo que hemos logrado. Pero no hemos acabado, un Estado, un pueblo nunca se acaban de construir. Debemos salvaguardar la libertad, buscar y plasmar permanentemente la unidad. Debemos hacer de este país un hogar –para todos–, trabajar por condiciones justas –para todos–. Este país es el país de todos nosotros, ya seamos del Este o del Oeste, del Sur o del Norte e independientemente de cuál sea nuestro origen. Aquí vivimos, aquí nos gusta vivir, aquí convivimos en paz, y aquí abogamos por la unidad, la justicia y la libertad.

Avanzamos con valentía y seguridad. A lo largo de los últimos veinte años se ha visto lo que hemos sido capaces de lograr juntos y lo que, por consiguiente, también podremos lograr en el futuro. Nos hemos unido en toda la extensión del verbo.

Que Dios proteja a Alemania.