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Presidente Federal, Christian Wulff,
con motivo del viaje informativo
con el Cuerpo Diplomático
el 24 de mayo de 2011
en el Castillo de Hambach

Bundespräsident Christian Wulff bei der Informations- und Begegnungsreise mit dem Diplomatischen Korps und den in Deutschland vertretenen internationalen Organisationen Hambacher Schloss in Neustadt an der Weinstraße, 24. Mai 2011 © Guido Bergmann

Supone para mí una satisfacción hacer esta visita al Castillo de Hambach en compañía de ustedes. En este lugar hunde sus raíces el anhelo de democracia y participación de los alemanes. La Fiesta de Hambach celebrada a finales de mayo de 1832 es una de las principales piedras angulares de aquello que los alemanes no lograríamos sino merced a la Ley Fundamental de la República Federal de Alemania de 1949 y la reunificación de 1989/1990: la unidad, la justicia y la libertad.

Entre veinte mil y treinta mil almas se congregaron aquí en lo alto de la ruina del castillo para celebrar entre cánticos y proclamas lo que se conoce como la Fiesta de Hambach. Acudieron a este lugar para manifestarse contra los acuerdos del Congreso de Viena de 1815, dirigidos a aplastar las aspiraciones nacionales, liberales y democráticas. Así fue como también Alemania quedó inmersa en el torbellino de agitación y desórdenes que se extendió por Europa a partir de 1830, primero entre los franceses y a continuación entre los belgas, los polacos y otros.

En el Palatinado hubo descontentos que se agruparon en torno a Philipp Siebenpfeiffer y Johann Wirth, quienes defendían la libertad de prensa, desde asociaciones patrias. La convocatoria de la Fiesta de Hambach encontró eco en todos los grupos de población. Se incluyó expresamente a las mujeres, por cuanto, como dice la proclama, “el desprecio político a ellas en el orden europeo [constituye] un error y una mancha […]”.

Se trataba de expresar vigorosamente la meta política de Hambach: una Alemania unida formada por ciudadanas y ciudadanos libres e iguales en derechos dentro de una Europa unificada y rodeados de pueblos autodeterminados. Fue una manifestación cívica de los valores que se han convertido en parte de nuestra identidad nacional y que hoy, 179 años después, proclamamos y defendemos en Europa y en el mundo. Esa es la razón por la cual Alemania se siente orgullosa de aquella efeméride. El ex Presidente Federal Richard von Weizsäcker la calificó, con razón, como la “primera asamblea popular política” de la historia alemana “que tuvo una repercusión más allá de las fronteras”.

Porque efectivamente la Fiesta de Hambach no fue un acontecimiento puramente nacional. Muchos polacos, franceses y otros se sumaron al cortejo festivo y secundaron sus metas. El Castillo de Hambach es un lugar que puede alentar a gentes de todo el mundo a afirmar su compromiso con la libertad individual, los derechos civiles y la amistad entre los pueblos. Ese es el simbolismo que encierra, junto con otros muchos símbolos en todo el mundo, como por ejemplo la Campana de la Libertad de Filadelfia, los astilleros de Gdansk o la plaza Tahrir de El Cairo este mismo año.

Empero, los alemanes experimentaron después que el camino hacia un Estado democrático de derecho podía estar lleno de dificultades y reveses. Su empeño en lo que se conoce como el “Premarzo” muchos activistas políticos lo pagaron con penas de prisión. Otros se vieron obligados a huir a países seguros, por ejemplo a Francia, Suiza o los Estados Unidos de América, donde muchos revolucionarios expatriados lucharían después por la libertad y contra la esclavitud, dejando su impronta como los llamados “Forty-Eighters”.

En Alemania la revolución de 1848 fracasó en buena medida porque las autoridades no estaban dispuestas a reconocer al pueblo como soberano. Con todo, la Constitución elaborada entonces por la Asamblea Nacional de Fráncfort marcó decisivamente la evolución subsiguiente de nuestro país. Con la Constitución de Weimar de 1919 se logró plasmar efectivamente en derecho positivo los ideales proclamados en Hambach. Aquellos principios posteriormente serían oprobiosamente traicionados por los nacionalsocialistas.

Tras la Segunda Guerra Mundial los autores de la Ley Fundamental pudieron sustentarse en las tradiciones democráticas y los logros de Hambach, Fráncfort y Weimar. Sin embargo, una parte de los alemanes, al igual que millones de otros europeos, siguieron viviéndose privados de los derechos y libertades fundamentales. Es a partir de la triunfal revolución democrática de 1989 y la progresiva integración europea en libertad cuando los ideales de Hambach rigen para todos los alemanes. En la larga y ardua senda hacia la libertad y la democracia hemos aprendido a apreciar en toda su dimensión esos valores.

Desde 1832 han cambiado muchas cosas. Pero la unidad y la libertad, el meollo de las reivindicaciones de Hambach, son temas que permanecen en la agenda.

¿Qué significa la identidad nacional para una sociedad que se caracteriza cada vez más por la diversidad étnica, cultural y religiosa? ¿Cómo generamos cohesión social bajo tales condiciones?

Una primera respuesta es esta: volviendo la mirada atrás todos juntos, hacia nuestra historia. Ello implica justamente no remitirse sólo a los acontecimientos más lejanos que recordamos aquí, ello implica recordar también los logros de nuestra historia reciente. La insurrección en el Este de nuestro país contra el régimen del SED. El recordar que Alemania ha integrado a gran número de inmigrantes en la sociedad existente, y que a raíz de ello el país ha cambiado. En los últimos tiempos ha surgido una autoconciencia, una adhesión abierta a nuestro país, a la que también se suman con creciente naturalidad quienes tienen raíces extranjeras. Se ha extendido una forma de entender la unidad que no supedita la pertenencia a la posesión de un pasaporte, a una historia familiar ni a la profesión de una determinada fe religiosa. Es bueno que así sea. Porque el futuro, estoy convencido de ello, pertenece a las naciones abiertas a la diversidad cultural, a ideas nuevas y a la interacción con el otro y lo otro.

La segunda respuesta a la pregunta “¿Qué nos cohesiona?” consiste en mirar juntos hacia delante: en el futuro debería ser menos importante de dónde se procede y más importante hacia dónde se quiere ir. Precisamente una sociedad marcada por la inmigración necesita para ello una base de valores compartidos.

El anhelo de regir el futuro de la democracia como ciudadanos libres, tal como se expresó en Hambach, es un anhelo poderoso y universal. Los héroes de la libertad en cualquier parte del mundo –desde Nelson Mandela hasta Mahatma Gandhi, desde el Papa Juan Pablo II hasta Martin Luther King – demostraron lo que se puede alcanzar en tiempos de falta de libertad cuando las personas creen en sus ideales morales y políticos.

A lo largo de estos meses la primavera árabe nos muestra lo universal que es el anhelo de participación política y económica. La libertad de prensa, hoy diríamos de los medios, que fue una de las demandas de Hambach, tiene una gran actualidad en este contexto. El éxito de la construcción de una sociedad justa, pacífica e innovadora pasa por que los Estados y los gobiernos respeten y protejan la libertad de información y comunicación.

Gentes del mundo entero reclaman sus derechos y libertades civiles. Obviamente, la realización de esas elevadas metas no es posible de la noche a la mañana. La propia historia alemana da palmario testimonio de que la democracia, la libertad y la justicia con frecuencia no pueden afianzarse sino al cabo de un largo proceso.

La transición hacia una sociedad abierta y democrática ha ido y va a menudo acompañada de complicaciones. Es algo que no nos debe desalentar. Yo estoy convencido de lo siguiente: las sociedades que son abiertas, que valoran su diversidad y que a la par se saben unidas en los valores esenciales son superiores a un sistema cerrado.

De ahí que la comunidad internacional deba confirmar a esos muchos, sobre todo jóvenes, en su aspiración de libertad y de un futuro mejor. Sus manifestaciones contrastan radicalmente con el extremismo y el terrorismo de los islamistas radicales. Todo aquel que defiende pacíficamente el futuro de la democracia dentro de las estructuras del Estado de Derecho merece nuestro apoyo.

Precisamente la Unión Europea está llamada a responder en este terrero: ¿Cómo podemos fortalecer el impresionante coraje para cambiar las cosas que se manifiesta en el mundo árabe? ¿Qué cambio queremos en realidad? ¿Y cómo conservamos nosotros mismos en Europa el convencimiento de que lo que mejor nos permite afrontar y resolver las grandes cuestiones del futuro es tener el valor de ser libres y de seguir avanzando en la senda de la integración europea? Todos nosotros deberíamos entender los ideales de Hambach como exhortación para promover la libertad y la paz en todos los confines del mundo –conscientes de que cada país debe, en lo esencial, encontrar y seguir su propio camino.

Para ello tenemos que seguir fortaleciendo las instituciones internacionales. Las Naciones Unidas necesitan una reforma valiente, para que puedan seguir desempeñando el papel que les corresponde como institución central de la comunidad internacional. También se trata de preservar la legitimidad y autoridad del Consejo de Seguridad como elemento central del orden de paz de la comunidad internacional. Alemania está dispuesta a asumir mayor responsabilidad con ese orden y con un desarrollo justo. Pero tras tantos años de debate deberíamos aprobar por fin reformas concretas.

También en este terreno es preciso tener el valor para cambiar las cosas. Las posibilidades de dar respuestas nacionales a los problemas son hoy más limitadas que nunca. Por tanto, los retos esenciales únicamente pueden resolverse a escala internacional: Estoy pensando en particular en la protección del medio ambiente y el clima, en la lucha contra la pobreza, la seguridad alimentaria en el futuro del comercio mundial, en la superación de la grave crisis financiera y económica y en la tarea de asegurar para todos un abastecimiento energético seguro, limpio y asequible.

La cohesión en el seno de la sociedad, el futuro de la democracia, el valor para cambiar las cosas, he aquí los temas que nos plantean Hambach y tantos otros lugares en todo el mundo. Sin olvidar que las tareas que hemos de afrontar como comunidad internacional son a la par tareas de orden muy práctico. No encontraremos una solución única y absoluta. Pero sí que podemos confiar en que juntos nos iremos acercando paso a paso a nuestras metas si avanzamos de manera asociada y en estrecha concertación.

Eso sí, la cantidad de los discursos pronunciados en la Fiesta de Hambach – por lo visto fueron en un torno a veinte – no es el rasero aplicable al día de hoy. En nuestro viaje me importa más el entrar en diálogo con ustedes. Y exactamente de eso se tratará acto seguido y durante las horas que permaneceremos todavía aquí en Renania-Palatinado.