Navegación con códigos de acceso:

Discurso del Presidente Federal, Horst Köhler, durante el acto conmemorativo del Día de la Unidad Alemana

03.10.2008
Hamburg

Recientemente he estado de viaje por tierras de Sajonia-Anhalt, recorriendo la comarca del Burgenland, a lo largo de la ribera del Unstrut.

En nuestras caminatas pasamos por algunas pequeñas poblaciones que tienen todas un elemento en común: en todas partes la ciudadanía se había unido para salvar la iglesia del pueblo, amenazada de ruina.

La cosa ya empezó a mediados de los años ochenta, todavía en tiempos de la RDA. El Estado monopolizado por el Partido Socialista Unificado (SED) no disponía de medios ni tampoco estaba por la labor de invertir en iglesuelas, y la Iglesia Evangélica era demasiado pobre como para abordar ese tipo de proyectos.

Así que la gente se ayudó sola. Los feligreses se juntaron con personas desvinculadas de la Iglesia. Juntos se dijeron: "Hay que dejar las cosas en su sitio."

"¿Por qué lo hicieron ustedes realmente?", preguntaba yo. Y la respuesta era esta: "Pero cómo vamos a consentir que nuestra iglesia se nos venga abajo como si nada. Es algo nuestro. Si es nuestro terruño, nuestra historia."

Las gentes de la comarca del Burgenland, en Sajonia-Anhalt, preservaron algo más que muros, piedras y torres. Preservaron algo que hace que la vida merezca la pena, algo que alienta la confianza. Es saber que antes de nosotros hubo otros que nos precedieron, y nosotros velamos por su legado; es saber que a nosotros nos seguirán otros, y que también ellos habrán de descubrir y preservar lo que les leguemos. En esencia esto y no más que esto es lo que basta para que se mantenga viva nuestra nación cultural.

Hace hoy dieciocho años dejamos definitivamente atrás la división de Alemania. El régimen totalitario de la RDA fue superado porque la ciudadanía había derribado el muro.

Por muchas cosas que acontecieran después, por mucho que se consiguiera y por mucho que se malograra: qué ventura fue y sigue siendo esa unidad conquistada pacífica y valientemente, qué bendición para nuestra patria.

La RDA es pasado. Pero no por eso olvidamos que las peripecias vitales de los habitantes de la RDA no sólo estuvieron marcadas por el sistema, con sus injusticias y arbitrariedades. La mayoría trabajaron duro, rindieron mucho, se preocuparon los unos de los otros, vivieron, sufrieron y disfrutaron juntos. En la RDA hubo felicidad, éxitos y satisfacciones. No por sino a menudo a pesar de la dictadura del SED. Por eso, pido reconocimiento y respeto para quienes siguieron su camino sin incurrir en culpa.

Entonces llegó la transición y muchas cosas se nos vinieron encima. Yo estuve en medio de los acontecimientos y retrospectivamente afirmo que en el proceso de unificación prácticamente resultaba imposible saber en todo momento cuál era la decisión acertada. Y por eso precisamente no vamos a seguir haciendo como si siempre todo hubiera sido absolutamente acertado.

Veo hoy en Alemania oriental mucha alegría por lo conseguido, orgullo por los propios logros y autoconfianza. Es obvio que algunas cosas están tardando más de lo que se pensaba que iban a tardar, ha habido y sigue habiendo engorros y decepciones pero quien abre los ojos ve que hemos logrado muchas cosas. Quizás sea menos de lo que algunos esperaban al calor de la euforia inicial. En realidad es mucho más de lo que más de uno ve o quiere ver. Y pienso que a lo largo del camino que hemos recorrido juntos hemos ido madurando.

Quiero hablarles de regiones que se vieron confrontadas con graves dificultades, en el este y el oeste. Estuve en Rostock, en Bitterfeld y en Gotha, visité Selb y Zweibrücken. En todos estos lugares percibí lo que significa que de un día para otro desaparezca el mayor empleador. En términos académicos eso se llama cambio estructural, para la gente supone una profunda inseguridad, frecuentemente desempleo y emigración. Pero esas ciudades también encarnan el ánimo y el brío de la gente a la hora de enfrentarse a los retos.

En el puerto de Rostock se despachan hoy más mercancías que en tiempos de la RDA. Bitterfeld ha vuelto a ser una importante localización de la industria química. Los libros de pedidos de la empresa Gothaer Fahrzeugtechnik están llenos para los próximos dos años, sobre todo gracias a sus soldadores, que sencillamente son de lo mejorcito. Selb, en la Alta Franconia, compensa el ocaso de la industria de la porcelana con el pujante sector de los materiales sintéticos. Y en Zweibrücken, en Renania-Palatinado, tras la retirada de las tropas estadounidenses se ha hecho de la necesidad virtud: en las dependencias que quedaron libres se han instalado una universidad de ciencias aplicadas y boyantes empresas que generan empleo. En todas partes se oye a la gente decir que fue duro, que fue difícil, pero ahora las cosas vuelven a marchar.

Estos ejemplos ilustran un proceso positivo tangible: la economía alemana ha demostrado fuerza, se ha recuperado y vuelve a estar a la altura de la competencia internacional, lo cual también nos ayuda en la actual crisis financiera. La recompensa del esfuerzo realizado a lo largo de los últimos años es, no en último término, un satisfactorio retroceso del desempleo. Es indiscutible que muchas y muchos trabajadores tuvieron que aceptar duros ajustes y en parte también relaciones laborales precarias. Por supuesto que nuestra meta es un trabajo decente para todos. Y nuestra meta sigue siendo reducir con especial energía el desempleo en Alemania oriental, que todavía duplica la tasa registrada en el oeste del país. Por eso Alemania oriental seguirá necesitando nuestro especial apoyo. Me felicito de que exista un consenso interpartidista al respecto.

Así que todavía queda mucho por hacer en nuestro país, aunque sí que podemos afirmar que hemos avanzado y mucho. Y hemos vivido la experiencia de que, a la hora de enfrentarnos a cambios imparables, lo que nos ayuda son los cambios que ponemos por obra juntos, con prudencia y empeño.

Ello sigue requiriendo de nosotros voluntad constructiva, energía, compromiso, todo aquello que un sinfín de personas demuestra día a día en nuestro país. Pero ese vigor también necesita anclas, tiene que poder renovarse, necesita orientación, raseros cualitativos y en ocasiones incluso consuelo. Todo eso lo encontramos en nuestra cultura.

Es un depósito de recuerdos, experiencias y cosas aprendidas. Siempre andamos atareados en este depósito, ponemos cosas en orden, encontramos cosas olvidadas, arrumbamos otras. Comprobamos lo que merece conservarse, qué se ha quedado anticuado, qué se puede olvidar. Nos preguntamos: ¿Hemos aprendido alguna lección? ¿Hemos olvidado algo importante? ¿Cuáles son los resortes de futuro?

La cultura vivifica las facetas creadoras de nuestra vida, la imaginación, lo bello, las ideas deslumbrantes. Laten en ella la creatividad y la energía. Despierta el sentido de lo posible y nos muestra cuán diferentes y tenaces son, a Dios gracias, las personas y que siempre se les ocurren cosas nuevas.

A cada cual le es dado hallar por sí mismo posibilidades de expresión, en imágenes, a través de la palabra, con la música; se pueden ensayar y someter a debate nuevas perspectivas del mundo, sea en el teatro, en el cine o en la novela; la felicidad y el sufrimiento, el dolor y la dicha, los conflictos y la reconciliación pueden plasmarse en un poema, en una pieza teatral, en un cuadro, en una canción.

A quien no conoce esas propuestas de una cultura -a ser posible ya desde la infancia- le resulta mucho más difícil expresar sus ideas y sentimientos, desarrollar su propio estilo; se encontrará, acaso, solo y sin amigos y, en el peor de los casos, será mucho menos capaz de tratar con respeto a otras personas y culturas.

La anomia cultural abre paso a la barbarie. Pero, y eso lo sabemos justamente nosotros los alemanes, tener cultura no es, por sí sólo, un escudo protector contra la sugestión. Hemos aprendido a dudar, y eso es algo que yo considero una fortaleza, suponiendo que tomemos la duda como acicate.

Tener cultura significa reconocer las diferencias y admitirlas. Quien asume y reivindica su cultura se halla inserto en aquello que existió antes de él, y en lo que le rodea, y le reconoce a cualquier otra persona a lo largo y ancho del mundo el mismo derecho a hallar sostén en su propia cultura: la cultura proporciona aplomo y así también libera para dejar a otros que vivan a su manera, hace tolerante y libre.

Nos damos cuenta de que nuestra cultura es de aquellas cosas que nos inspira conjuntamente a todos en Alemania. Y lo hemos vuelto a percibir una vez más desde la reunificación de nuestro país: desde entonces somos de nuevo, de forma perceptible y reconocible, esa nación cultural que, siendo una, inspira nuestras vidas como un todo.

A ella pertenecen la Iglesia de Nuestra Señora de Dresde y la catedral de Colonia, la orquestra Gewandhaus de Leipzig y la Filarmónica de Berlín, la Bauhaus de Dessau y la Escuela Superior de Diseño de Ulm. Goethe pertenece tanto a Francfort del Meno como a Weimar, Schiller a Marbach tanto como a Jena, y si pensamos en Martín Lutero, que moldeó y modeló nuestra lengua alemana común como nadie, su memoria está tan ligada a Wittenberg como a Worms.

Por cierto que incluso en los años de la división hubo proyectos que contribuyeron a preservar el legado cultural de la nación y se siguieron impulsando conjuntamente en el este y el oeste, aunque no mucha gente estuviera al tanto: baste mencionar la Academia Alemana de Ciencias Naturales Leopoldina, en Halle del Saale, una agrupación de sabios de todos los confines de Alemania y del mundo con siglos de tradición que recientemente ha sido declarada Academia Nacional de Ciencias. Y ahí está la nueva edición de Bach, concluida el año pasado, y la labor de publicación de la edición nacional de las obras de Schiller, que estará concluida el año que viene.

El régimen del SED tenía dentro de su policía política agentes que se llamaban, absolutamente en serio, "oficiales represores del arte y la cultura". Pero cuando la RDA publicó, en 1976, su "Florilegio Alemán" oficioso, resulta que el texto que encabezaba la colección era el poema coral de Lutero "Una firme fortaleza es nuestro Dios", basado en el Salmo 46. Incluso la RDA tuvo que admitir que la inspiración cristiana forma parte de la identidad de Alemania como nación cultural.

Hoy ya no hacen falta malabarismos para preservar y cultivar la cultura alemana. Y hay infinidad de gente que se dedica a ello con alegría, entusiasmo y creatividad, en conjuntos musicales escolares, en cursos de literatura, en grupos de teatro, en orquestras, en coros, en la organización de festejos populares y fiestas de barrio o en el diseño de miles de páginas web en Internet.

La nación cultural se alimenta de esa creatividad, del legado cultural, de la alta cultura. Pero también se alimenta por igual de la cultura cotidiana. La nación cultural se alimenta de lo consabido, convencional y cotidiano, lo cual, empero, debería quedar en eso, sin aspirar a ir más allá de lo que es, lo consabido, convencional y cotidiano. Se alimenta de un trato deferente, de la amistad entre jóvenes y mayores, de la cortesía y el respeto hacia el otro, de la tolerancia hacia modos de vida diferentes, del respeto de la propiedad pública y, con carácter general, de la consideración y la decencia. Creo que en este punto tenemos que tener cuidado: ya son visibles algunas resquebrajaduras a las que haríamos bien en no acostumbrarnos.

Es el interés decidido, la creatividad y el compromiso de la ciudadanía lo que define a la nación cultural. La clave estriba en proporcionar espacio y apoyo para su desenvolvimiento. A mi juicio, el informe final de la comisión de encuesta del Bundestag Alemán "Cultura en Alemania" es un filón de propuestas prácticas a este propósito. Nunca antes se había escudriñado con tanta precisión el panorama cultural de Alemania. Quiero transmitir desde aquí mi más cordial agradecimiento a los diputados y a todos los expertos participantes por la labor desarrollada.

Nuestra nación afronta grandes tareas. Se trata de generar el empleo que necesitamos, de disponer de un sistema educativo que ofrezca oportunidades equitativas a todos, de lograr una integración que nos cohesione, a las ciudades y los pueblos, al este y el oeste, a jóvenes y mayores, a ricos y pobres, a nativos y quienes tienen raíces lejanas.

No tenemos por qué sentir temor ante estas tareas. Incluso en su historia más reciente nuestro país efectivamente ha superado retos mucho mayores; después de 1945, después de 1989.

Es más, todavía ni siquiera hemos activado todas las fuerzas que nos ayudarán a abordar las nuevas tareas. Estoy pensando por ejemplo en la vitalidad y experiencia de los mayores, que pueden y deberían tener un protagonismo mucho más importante, tanto en la vida laboral como en el ámbito del compromiso cívico. Y pienso también en las mujeres de Alemania, cuya igualdad de derechos a nivel de la familia, la profesión y la carrera todavía dista mucho de ser una realidad plena. Por cierto que la igualdad de la mujer y el hombre desde luego es una de las propuestas más atractivas que puede hacer nuestra cultura a la gente talentosa y laboriosa procedente de otras áreas culturales.

Y existe otra fuente importante de orientación y energía que todavía no hemos explotado como es debido: me refiero a la convicción de ser, en cuanto nación, algo más que una mera vecindad o mutualidad, la convicción de tener, como nación y como Estado, una tarea que trasciende el aquí y ahora, una tarea grande y fatigosa pero buena y alcanzable y justamente hecha para nosotros.

Planteémonos pues tranquilamente la siguiente pregunta: ¿Qué tiene en realidad de bueno ser alemán? Pienso que ante todo es el hecho de que hemos aprendido de la historia, y seguimos aprendiendo. La capacidad de aprender ha pasado a formar parte de nuestra cultura, de nuestra idiosincrasia. Cuando miramos seriamente el mundo a nuestro alrededor, nos guía una curiosidad respetuosa; quien hace por esos mundos cosas distintas a nosotros despierta nuestro interés, no nuestro rechazo. Nos dedicamos con fruición a descubrir la aspiración compartida detrás de la diversidad de las naciones y a promover que ello redunde en beneficio de todos. Sabedores de nuestra entrega y dedicación, actuamos con serenidad y no perdemos la modestia. El eterno vaivén entre estados de júbilo exaltado y honda congoja se puede acabar. Simplemente podemos empaparnos de vida y dedicarnos con sensatez y mesura a mejorar nuestro país, a ayudar a los demás y a conseguir que el mundo sea más venturoso.

Nuestro pueblo es libre y está políticamente unido. Vivimos dentro de fronteras seguras, rodeados de amigos y socios. Disfrutamos de un bienestar como pocos, y enaltecemos la democracia y el derecho. Nos encontramos a nosotros mismos.

Alegrémonos, celebrémoslo.

No tenemos ningún motivo para creernos más grandes de lo que somos. Pero tampoco más pequeños. Por eso yo soy partidario de que tampoco esquivemos nuestra responsabilidad de liderazgo en Europa. Nuestros socios europeos tampoco lo esperan, en absoluto. Esa responsabilidad de liderazgo nos exige afirmar aquello que nosotros mismos, en cuanto nación alemana, queremos dentro de la Unión Europea, nos exige mantener en orden nuestra propia casa y, a la par, estar en todo momento dispuestos a alcanzar un justo equilibrio de intereses con nuestros socios. Confiemos en nuestras posibilidades y en las posibilidades de Europa. El mundo necesita el modelo europeo precisamente en estos momentos de viraje global.

Solidarizarse y asumir responsabilidad por propia voluntad, no como una carga, sino como satisfacción: es una actitud que me encuentro permanentemente en nuestro país. Les voy a contar un ejemplo, un ejemplo tomado de Alemania occidental. Trata de niños y de música del porvenir, no de música celestial.

Hace poco colaboré en Gelsenkirchen en una iniciativa denominada "A cada niño un instrumento". Si todo sale bien, todos los escolares de primaria de la cuenca del Ruhr tendrán en los próximos años la oportunidad de aprender a tocar un instrumento. Es una de las ideas más hermosas del proyecto de la capitalidad cultural europea de Essen en el año 2010.

Coincidiendo con el nuevo año escolar, cuarenta y seis alumnos de las escuelas primarias Don Bosco y Martín Lutero recibieron instrumentos gratuitos. Más de la mitad de los niños procedían de familias inmigrantes. La ilusión y el afán por aprender eran compartidos por todos.

Todos lo sabemos: en la próxima generación de nuestro país será aún mucho mayor la incidencia de la población con raíces foráneas. Ganarnos a esas personas para nuestra nación cultural me parece una gran tarea, a la par que un hermoso empeño. Ello traerá consigo cambios para esta nación cultural, porque se le incorporarán aún más tradiciones, orígenes, certezas de la fe, talentos e historias familiares. Nuestro amor a la libertad y la adhesión a la autorresponsabilidad, el anhelo de felicidad y el respeto de la dignidad y de los derechos de todos los seres humanos, en cambio, permanecen inalienables. Podemos confiar en la fuerza de estos valores.

En su común empeño, las gentes de Alemania demuestran que mantienen viva a nuestra nación cultural, haciéndola amable. Ocupémonos todos de nuestro país.

Díos bendiga a nuestra patria alemana.